La conciencia del cuerpo

Sannyasa koru karma sadhana
Hemos de practicar la disciplina espiritual aquí dentro del cuerpo.

Mientras estamos sobre la Tierra en el cuerpo, hemos de vivir la vida del espíritu. Ahora mismo el cuerpo es apagado, primitivo, sin desarrollar. Cuando vivimos en el cuerpo y nos interesamos sólo por el cuerpo, a menudo todo es confusión. Cuando vivimos en el alma, todo es iluminación.

Nunca debemos ofrecer apego al cuerpo físico. Si estamos apegados al cuerpo, estamos inmediatamente atrapados por los grilletes de la ignorancia y estaremos perdidos en el cenagal de la atadura y la limitación. Por otra parte, si le ofrecemos menosprecio al cuerpo, a la conciencia física, nunca estaremos plenamente y totalmente colmados aquí en la Tierra. Es aquí en la Tierra donde tenemos que realizar la Verdad, crecer en la Verdad y manifestar la Verdad.

Cuando la Hora de Dios golpea, es decir, cuando el alma hace sonar la campana interna dentro de nosotros, la conciencia física en seguida piensa que es el momento de su disfrute. El vital piensa que es el momento de demostrar su capacidad para romper y destruir la creación. Su capacidad agresiva o, en el mejor caso, dinámica quiere afirmarse osadamente y demostrar a la creación lo que puede hacer: cuán completa, astuta y confiadamente puede cambiar el plan que fue visualizado por la Voluntad de Dios. La mente piensa que es el momento de dudar de la creación de Dios e incluso dudar de la existencia misma del Creador. El corazón siente que es el momento de clamar por la paz, la luz, la dicha y el poder interno, el poder que colma, no destruye, el poder de la unidad inseparable con la creación de Dios, con el universo entero de Dios.

Cuando la conciencia física trata de ver la Verdad, habitualmente la ve con tremendo temor. Cuando el vital trata de ver la Verdad, quiere verla por la fuerza, despiadadamente e inmediatamente. Cuando la mente intenta ver la Verdad, la ve con el ojo de la sospecha, la duda, la confusión interna y la ansiedad. Cuando el corazón quiere ver la Verdad, la ve con la alegría, el deleite y la oración fervorosa.

Cuando pienso que mi cuerpo es lo único que soy, no estoy entonces en ninguna parte cerca de mi realización, y mucho menos de mi revelación. Si el cuerpo es lo único que puedo llamar propio, entonces la tentación, el placer sensual, la frustración y la destrucción también me pertenecen. Pero si puedo decir que el alma es lo que soy, si puedo sentir que soy uno, inseparablemente uno con la existencia de mi alma, sólo entonces veré el propósito de mi vida, el por qué estoy en la Tierra, qué necesidad tiene Dios de mí y qué trabajo hará Él a través de mí aquí en la Tierra. Vivo en la Tierra precisamente porque tengo un propósito especial, una misión. Cada individuo ha de sentir que él o ella tiene algo especial que ofrecer, y este mensaje ha de venir directamente desde el alma y entrar en la conciencia física.

Como individuo sin luz, presumo y me vanaglorio. Digo: “Tengo tremenda fuerza” Pero cuando una insignificante hormiga me muerde, me irrito, me enervo. Cuando un mosquito del Sur de la India me pica, me vuelvo un lunático delirante. Tengo fuerza para destruir a cientos y miles de mosquitos, pero un solo mosquito puede arrebatar de mi cuerpo toda su serenidad y fuerza interna. Puedo ser conquistado por un pequeño mosquito o una hormiga. ¿Por qué? Precisamente porque vivo en la conciencia del cuerpo. Si vivo en el alma, si mi conciencia deviene totalmente una con el alma, que es la fuente de luz y deleite, entonces los mosquitos pueden picar, las hormigas pueden morder, el mundo entero, como una serpiente venenosa, puede morder, pero yo permaneceré imperturbable. Yo permaneceré en el mar de silencio y tranquilidad.

El cuerpo, el vital y la mente, se pelean habitualmente entre sí. Nunca se escuchan unos a otros. Pero cuando el alma les pide que hagan algo, inmediatamente se vuelven uno y rechazan unánimemente la divina petición del alma. Si el alma quiere ofrecerles luz interna, individual o colectivamente, el cuerpo, el vital y la mente se vuelven, en ese mismo momento, inseparables. En confabulación rechazan la luz del alma. En el campo de la espiritualidad, ellos niegan sus propias posibilidades internas a través de su ignorancia.

En el Katha Upanishad, uno de los más sublimes y conocidos Upanishad, aprendemos que el alma es el amo, el cuerpo es el carruaje, la inteligencia o capacidad razonadora es el auriga, la mente son las riendas y el vital o energía vital dinámica es el caballo. A todos ellos necesitamos a fin de completar y cumplir nuestro viaje.

Si no entramos en la vida espiritual, si no prestamos atención a la vida interna, entonces el cuerpo va a actuar como un elefante enloquecido, pisoteándolo todo a nuestro alrededor. Ese mismo cuerpo, sin embargo, quiere realmente respetar a sus superiores, el corazón y el alma. Este cuerpo quiere ser un instrumento perfecto. Sólo su unidad consciente con algo superior puede hacer sentir al cuerpo lo que realmente representa, cuanta capacidad interna puede ejercitar en el mundo externo de la manifestación. Pero ya sea porque le damos una importancia indebida al cuerpo, o bien porque no le damos importancia en absoluto, estamos cometiendo un deplorable error. Cuando utilizamos el cuerpo sólo por el disfrute o el placer sensual, sin dar ninguna importancia al alma, estamos malempleando el cuerpo. Y por otra parte, si tiramos el cuerpo y no le prestamos atención alguna, ¿cómo podrá la manifestación de lo divino tener lugar aquí en al Tierra?

La Verdad más elevada puede ser realizada sólo aquí en la Tierra. El alma esta dentro del cuerpo, y la luz del alma ha de salir a la superficie e iluminar la apagada y oscura conciencia corporal. Una vez que la conciencia externa está iluminada, no hay entonces diferencia entre lo interno y lo externo. Ahora mismo hay un amplio abismo entre nuestra realización e iluminación interna y nuestra manifestación externa. A menos y hasta que la realización interna y la manifestación externa vayan juntas, seguiremos incompletos. Tomemos el cuerpo como el campo de la manifestación y el alma como la realización. Primero tenemos que realizar y luego tenemos que manifestar. Si no hemos realizado la Verdad ¿qué tendremos para manifestar? Y por otra parte, si hemos realizado algo y no podemos manifestarlo, la Verdad está incompleta.

Cada buscador, cada aspirante, ya sabe que hay dos tipos de conciencia: la finita y la infinita. Ahora mismo el cuerpo representa la conciencia finita y el alma representa la Conciencia infinita. Es aquí en lo finito donde lo Infinito tiene que desempeñar su papel. Lo que vemos fuera es la canción de lo finito. Lo que tenemos dentro, y lo que finalmente llegaremos a ser, es la canción de lo Infinito.

O bien lo finito ha de penetrar en lo Infinito, o lo Infinito ha de penetrar en lo finito. ¿Qué es más fácil: que el padre vaya al bebé o que el bebé vaya al padre? Si lugar a dudas, es el padre quien puede ir al bebé mucho más fácilmente, porque tiene más capacidad. Pero ¿cuando va el padre al niño? Sólo cuando el niño llora por la presencia del padre.

Para concluir, me gustaría citar al más grande poeta de la India, Rabindranath Tagore: “Simar majhe nashibo...”

En el regazo de lo finito estás tocando Tu melodía,
oh Infinito. Tu melodía me ha encantado
con su belleza inigualable. En mí y a través de mí,
estás manifestando Tu Infinidad,
empleando lo finito para expresar Tu Belleza infinita,
Tu Alegría infinita, Tu Deleite-Néctar infinito.
City College of New York
New York, New York
20 de marzo de 1970