El corazón espiritual: tu tesoro interno

¿Quieres ser feliz?
Entonces no sobrestimes el poder de tu mente
ni subestimes la luz de tu corazón.

Es mejor meditar en el corazón que en la mente. La mente es como Times Square en la noche de fin de año; el corazón es como una cueva solitaria en el Himalaya. Si meditas en la mente, quizá podrás meditar cinco minutos y de esos cinco minutos, tal vez un minuto medites poderosamente. Luego sentirás toda tu cabeza poniéndose tensa. Primero obtienes alegría y satisfacción; luego tal vez sientas un árido desierto. Pero si meditas en el corazón, adquieres la capacidad de identificarte con la alegría y la satisfacción que obtienes, y entonces ésta se vuelve tuya permanen­temente.

Si meditas en la mente, no te identificas; intentas entrar en algo. Cuando quieres entrar en la casa de otra persona para conseguir lo que tiene, o derribas la puerta o tienes que convencer al amo de la casa para que abra. Cuando intentas convencer, sientes que eres un extraño, y el amo de la casa sientetambién que eres un extraño. Entonces él piensa: “¿Por qué voy a dejar entrar a un extraño en mi casa?” Pero si utilizas el corazón, inmedi­atamente las cualidades de suavidad, dulzura, amor y pureza del corazón salen a la superficie. Cuando el dueño de la casa ve que eres todo corazón, inmediata­mente su corazón se hará uno con el tuyo y te dejará entrar. Sentirá su unicidad contigo y te dirá, “¿Qué quieres de mi casa? Si necesitas paz, tómala. Si necesitas luz, tómala.”

Y una cosa más: si entras en la casa con la mente, verás una deliciosa fruta y en seguida intentarás cogerla. Te sientes satisfecho al conseguirla, aunque no tengas la capacidad de comerte toda la fruta. Pero si usas el corazón, verás que tu capacidad de receptividad es ilimitada. Además, si usas la mente, intentarás hacer una selección. Dirás: “Esta fruta es mejor; esta otra es peor”. Pero si entras en la casa con tu corazón, sentirás que todo lo que hay allí es tuyo y lo disfrutarás todo. El centro del corazón es el centro de la unicidad. Primero te identificas con la verdad y luego, en virtud de tu identificación, te conviertes en la verdad.