La necesidad de la oración
Si uno llega a estar avanzado en la meditación, la oración no es necesaria. En ese momento nos daremos cuenta de que Dios siempre conoce nuestras necesidades y se preocupa por nosotros infinitamente más que nosotros mismos. Entonces la oración no es necesaria, porque pertenecemos a Dios y somos Su propiedad. Cuando renunciamos a nuestras demandas personales y nos entregamos completamente, en ese momento Dios nos reclama como Suyos y nos hace Sus instrumentos escogidos.
Pero hasta que lleguemos a estar muy avanzados en nuestra vida espiritual y podamos sentir nuestra unicidad con Dios, la oración sí es necesaria. Si obtenemos algo a través de la oración, podemos decirle al mundo: “¡Recé por ello; por eso lo he conseguido. Ves, esa es la proximidad que tengo con mi Padre!” Somos como niños hambrientos. Pedimos la comida a nuestra madre y ella nos alimenta. Sí, ella nos habría alimentado por sí misma, pero el hecho de pedirle la comida y que nuestra madre escuche nuestra petición nos da alegría. Eso convence a nuestras mentes de que ella se preocuparealmente por nosotros. Debido a nuestra conexión interna y proximidad con nuestra madre, podemos pedirle cualquier cosa que queramos.
Dios podría hacer todo por nosotros incondicionalmente, pero eso no nos daría el mismo tipo de satisfacción. En una carrera, si corres la distancia completa, te sentirás deleitado al recibir un trofeo. Has corrido muy rápido y has terminado con gran dificultad, y sientes que te has ganado el trofeo. Pero si alguien que ha sido un mero espectador recibe un trofeo, esa persona no se sentirá satisfecha, porque no ha hecho nada para ganárselo. Dios puede dar todo sin condiciones, pero obtenemos más satisfacción si nos da algo después de que hayamos rezado o trabajado por ello.
Lo que mi oración necesita es un árbol de paciencia.
Lo que mi meditación necesita es una flor de gratitud.
Tenemos que saber, sin embargo, que cuando rezamos sentimos que, como individuos, estamos separados de Dios. Sentimos que Él está en un lugar y nosotros en algún otro. En ese momento no estamos en nuestra conciencia más elevada en la cual sentimos que somos uno con Dios. Si sentimos que nosotros y Dios somos uno, la cuestión de la oración no se presenta, porque en ese momento nuestras necesidades son Sus necesidades. La oración, podemos decir que intensifica nuestra intimidad con el Supremo, mientras que la meditación aumenta nuestra unicidad con el Supremo. Primero tenemos que sentir que nosotros y Dios somos amigos íntimos; entonces luego podemos llegar a comprender nuestra realidad de unicidad con Dios. Antes de meditar, si podemos rezar unos minutos, podemos así desarrollar nuestra conexión de intimidad con el Supremo. Luego podemos meditar para devenir uno con Él.
En la más alta vida espiritual no hay comparación entre la oración y la meditación. La meditación es infinitamente más profunda y más amplia que la oración. En Occidente, la oración es empleada por los buscadores con una considerable eficacia. Pero un verdadero buscador que quiere ir hasta el Último Más Allá debe sentir que la meditación es el peldaño superior en la escalera hacia la realización de Dios. Cuando meditamos vemos, sentimos y devenimos el universo entero de la luz y el deleite.
