Personal tools
Document Actions

Hágase Tu Voluntad

Cuando rezamos, a menudo hay un deseo sutil de algo, un anhelo de conseguir algo o de llegar a ser algo. Podemos llamarlo aspiración porque estamos rezando por llegar a ser buenos, o por tener algo divino que no tenemos, o por librarnos del miedo, la envidia, la duda y cosas similares. Pero siempre hay por nuestra parte una tendencia sutil a empujar o a halar desde dentro.

 

También, hay siempre el sentimiento de ser –usemos el término– un ‘mendigo divino’. Sentimos que Dios está allá en lo alto, mientras que nosotros estamos aquí abajo. Vemos un abismo abierto entre Su existencia y la nuestra. Estamos levantando nuestra vista hacia Él e implorándole, pero no sabemos cuando o hasta que punto va Dios a colmar nuestras oraciones. Sentimos que somos impotentes. Simplemente pedimos y luego esperamos que una, dos o tres gotas de compasión, luz o paz desciendan sobre nosotros. A veces hay un sentimiento de dar y recibir. Decimos: “Señor, Te estoy dando mi oración, así que ahora, por favor, haz algo por mí. Por favor ayúdame, sálvame, satisfáceme.”

 

Pero en la meditación no Le pedimos a Dios una ayuda, una bendición o una cualidad divina; simple­mente entramos en el océano de Su Realidad. En ese momento Dios nos da más de lo que nunca podríamos imaginar. En la oración sentimos que no tenemos nada y que Dios lo tiene todo. En la meditación sabemos que cualquier cosa que Dios tiene, también la tenemos nosotros o la tendremos algún día. Sentimos que cualquier cosa que Dios es, también lo somos nosotros, sólo que aún no hemos puesto de manifiesto nuestra divinidad. Cuando rezamos, Le pedimos a Dios lo que queremos. Pero cuando meditamos Dios vierte sobre nosotros todo lo que necesitamos. Vemos y sentimos que el universo entero está a nuestra disposición. El Cielo y la Tierra no pertenecen a otro; son nuestra propia realidad.

 

La oración más elevada es: “Hágase Tu Voluntad.” Este es absoluta­mente el alcance más alto de la oración, y es a la vez el comienzo de la meditación. La meditación comienza donde la oración detiene su viaje. En la meditación no decimos nada, no pensamos nada, no queremos nada. En el mundo de la meditación el Supremo está actuando en y a través de nosotros para su propia plenitud. El mundo de la oración siempre está pidiendo algo. Pero el mundo de la meditación dice: “Dios no es sordo ni ciego. Él sabe lo que tiene que hacer para colmarse  en mí y a través de mí. Así pues, yo simplemente creceré hacia lo más alto en fervoroso silencio.”